Miguel Candileri, pintor-escultor y arquitecto y viceversa, en la época de las sombras.
Somos muchos los que echamos en falta, vivientes como somos de la era contemporánea, a aquellos artistas humanistas del Renacimiento, curiosos por naturaleza, capaces de hacer una obra en la que evidenciaban su gran formación y riqueza intelectual y su interés en el arte como una forma de conocimiento. En la memoria está el gran Leonardo, pero también otros muchos, obstinados en imaginar otra humanidad posible y iluminarnos a través de la emoción y el saber.
En este, ahora y aquí, desinformados, justo cuando la información viaja tanto y tan deprisa este mismo texto se está escribiendo en un pueblo de cien habitantes, llamado Casavells, provincia de Girona. Y va a viajar vía Internet, hacia la metrópoli de Buenos Aires, en cuestión de segundos. En esta época en que la pintura alcanza cuotas de banalidad apabullante, uno agradece que haya alguien como Candileri que se interrogue humildemente, pero con gran tesón, sobre las relaciones entre las diferentes artes que practica. De forma que arquitectoniza sus pinturas, mientras vuelve más plásticas sus construcciones.
Todo lo cual realizado con una economía de medios que uno agradece en medio de tantos medios... el pintor insiste una y otra vez en presentarnos relaciones, formas que expresan verdades básicas, evidentes, sabias tal vez, pero olvidadas continuamente por una humanidad que, con gran prisa corre tras algo que ignora.
O sea, que en el maremagnum de banalidades de cohetes de ferias (con arco o sin) de “Tates Galleries” hazmerreír y escaparate de nulidad artística, descaro hueco y estéril, en todo ese nubarrón de incultura, de mierda enlatada (permítaseme la alusión, aunque eso sí, rodeada de etiquetas), en fin en esta sociedad en la que nadamos, aparece un personaje como Candileri, que enciende la candela de su apellido para intentar iluminarnos. Y esta llama posee, -nada tiene que ver con el tamaño- el mejor valor entre los posibles y es: que es absolutamente necesaria...
Josep Niebla