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Para Carlos Alpizar la pintura es su fin y por eso trabaja sobre ideas concebidas de forma automática, como en sueños que luego estudia hasta el límite con la casualidad; hay cuidado y azar; meditación y descubrimiento en su mundo de figuras alargadas con factura impecable y colores armonisados. Hay ironía y alerta en su atmósfera surrealista de ritmo mutante y figuración intensa. Alpizar nos inquieta, todo su riesgo lo corre en el pincel, donde su oficio respira y canta, todo late de un mismo modo cromático en su obra, como una pastoral para la retina.
En su gusto por construir asociaciones insólitas entre cuerpos y objetos, la pintura de Carlos Alpizar tiene un claro referente en el Surrealismo, pero en los modos con que usa el color nos evoca el Pop Art, la Gráfica Publicitaria....... estilos mezclados en un ajiaco donde lo cubano se de por componente sensual, erótico y por el brillo de la luz.
Su poética barroca la concibe Alpizar en aquel grupo de artistas que comercializaban sus obras en la Plaza de la Catedral a principios de los noventa: creadores por necesidad de una estética que buscaba conciliar las urgencias expresivas con las leyes de un mercado sui géneris.
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